Revista de Divulgación Científico-Tecnológica del Gobierno del Estado de Morelos

¿A dónde van los muertos?


Dra. Blanca Solares Altamirano / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias (CRIM-UNAM)

Archivo: Antropología simbólica

A la costumbre, aún viva, del tradicional festejo del Día de Muertos en algunos rincones del país, corresponde la visión de la muerte que tanto admiró el historiador alemán Paul Westheim en su libro La calavera, o el cineasta ruso Serguei Eisenstein, en su inacabada realización cinematográfica ¡Que viva México!. El tradicional día de muertos traduce la alegría de vivir y la aceptación de un destino trágico en la ofrenda compartida comunitariamente, el chiste, la ebriedad, el baile de esqueletos y la fiesta. Se trata de una aparente indiferencia ante el porvenir, a la vez que de la celebración de un compromiso con “la vida al día”; de ponerle buena cara y hacerle muecas a “La Pelona”; pues, al fin y al cabo, ¡puedes encontrarte con ella a la vuelta de la esquina!
Ciertamente, hay dos maneras de vivir la muerte: la nuestra, la de la civilización técnico-científica que rechaza la muerte y la confina al rápido silencio de su aséptica desaparición inmediata; y la del mundo antiguo, en el que la muerte está tan cerca que forma demasiado parte de la fragilidad de la vida cotidiana. Tan es así que la permeable membrana que separa los dos ámbitos de sus compuertas permanece abierta, sobre todo, el día de muertos, en el que vivos y muertos se visitan y conviven. Pero ¿y a dónde iban los muertos en el México antiguo?
Según los informantes de la Colonia, el lugar del destino del muerto, dependía de la forma de su muerte. No se iba uno, según sus pecados, al cielo o al infierno, como destinos absolutos y antagónicos de un Juicio Final, nociones de un cristianismo de implantación posterior sino que, el lugar de destino dependía de la modalidad en la que se moría, de la importancia y el rango del difunto, de sus méritos, de la edad y hasta del sexo. Había al menos cuatro lugares de destino: el Mictlán, el Tlalocan, el Cincalco y la Casa del Sol, diferentes rumbos inframundanos, connotados simbólicamente con las cualidades regeneradoras de la tierra, el agua, el retoño fértil y el calor.

Al Mictlán iban los que morían de muerte natural. Los rituales mortuorios, por supuesto, diferían, según se tratara de un simple macehual (un hombre común) o de un rey o tlatoani. En este último caso, en el que el muerto representaba al Sol, el funeral llegaba a alcanzar hasta una cifra de 200 sacrificados de su propia casa y otros ofrecidos por los señores que habían venido al entierro. A las víctimas se les abría el pecho y se les sacaban el corazón (Torquemada), a fin de asegurar que, efectivamente, acompañarían a su Señor hasta el lugar de su descanso.
Al Tlalocan “… iban los que habían muerto por un rayo, los que se habían ahogado, los leprosos o con enfermedades venéreas, hemorroides, roñas (herpes) tumefacciones, de gota, tumores, y los que morían de hidropesía” (Códice Florentino, apéndice al libro III, cap. 2).

Al Cincalco, iban los niños pequeños y los que voluntariamente entregaban su vida para dar nueva fuerza al maíz. Cuando moría un niño o una niña, se le enterraba junto a las trojes donde se guarda principalmente el grano y otros mantenimientos.
Finalmente, entre los aztecas, el destino de los que iban a la Casa del Sol se asociaba con la conocida “muerte al filo de obsidiana”, vinculada a la guerra como verdadero motor del andar cósmico y que correspondía a los guerreros muertos en el campo de batalla, así como a las mujeres muertas en parto y a los mercaderes muertos en alguna expedición mercantil.

Fue propio del periodo, con base en el mito cosmogónico azteca, pensar que el mundo fue creado a partir del sacrificio de los dioses y que, para que el Sol siguiera su curso, era necesario el sacrificio de sangre y corazones humanos. La muerte en el campo de batalla, el auto-sacrificio o la muerte por parto eran las formas típicas de morir, para coadyuvar al deseable recorrido eterno del Sol. Esta concepción de la vida ligada a la muerte si bien, como lo señala el arqueólogo Matos Moctezuma, actuaba entre los aztecas como “justificación teológica” del sacrificio compulsivo en todos los planos o como una economía del sacrificio fundada en una “sobrecogedora máquina de inhumanidad”, como también afirma Ch. Duverger, tiene sin embargo un origen arcaico. Provenía de una forma de experimentar al mundo en armonía con el devenir de la naturaleza, propio de las primeras aldeas agrícolas del Preclásico mesoamericano en las que, según los vestigios arqueológicos, el muerto era enterrado en posición fetal, para volver a ser engendrado en el seno de la Madre Tierra y mirando hacia el oriente, en espera de la primera luz y el primer aliento.

Esta concepción de la muerte análoga a la de las primeras sociedades agrícolas del Neolítico en la zona de la Vieja Europa del Este y el Oriente Medio, fue transformada, en el último periodo de la historia de Mesoamérica, en los sacrificios compulsivos a los que se refieren los autores citados. La concepción de la muerte vinculada con el ciclo vida–muerte–vida propia de las sociedades para las que el ciclo del nacimiento de la planta de maíz se guardaba como una iniciación, o como un conocimiento sagrado de la naturaleza y el devenir del cosmos, se transforma entre los aztecas, en una concepción de la muerte vinculada con la guerra y el sacrificio compulsivo a punto de abandonar la confianza en la regeneración de la naturaleza y su ciclo sagrado.

La compulsión es la pérdida de confianza en la regeneración de las fuerzas de la naturaleza. La visión cíclica se percibe ahora con angustia e inseguridad, el tiempo significa agonía. En contraste con la concepción de la muerte de la historia temprana de Mesoamérica, en donde depositar al muerto acompañado de figuras femeninas psicopompas, aludía a su entrega a las fuerzas del Inframundo para su regeneración, la visión del tiempo empieza con los aztecas a ser percibida con ansiedad, angustia y zozobra; y la muerte a tornarse amenazante.

Queda, sin embargo, en la elaboración de las calaveras de azúcar y el pan de muerto, hasta nuestros días, la resonancia arcaica de otra concepción del más allá, una concepción de la “muerte acrónica” (P. Ariès), que atraviesa los largos periodos de la historia humana. Pues la muerte, para el hombre tradicional, no era la negación absoluta de la Nada frente al Ser de la vida, sino la supervivencia posible del alma en la Montaña de los Abastecimientos, donde luego de la caída en un largo sueño indefinido, bien se podría volver a despertar, de manera que, lo mismo que un niño vive en el vientre de su madre, sin sentir necesidad, así los hombres antiguos encontraban en la muerte o el reposo de las almas, la imagen más antigua, popular y constante del más allá.

 


Blanca Solares Altamirano realizó estudios de doctorado en Sociología y Filosofía en la Universidad de Frankfurt, Alemania (1989-1992). Actualmente es investigadora del CRIM, donde desarrolla la Línea de Investigación en Estudios del Imaginario y edita la Colección Cuadernos de Hermenéutica. Su último libro: "Madre Terrible. La Diosa en la religión del México Antiguo” (Antropos/UNAM, 2007).