Revista de Divulgación Científico-Tecnológica del Gobierno del Estado de Morelos

Notas

El psicoanálisis: Una máquina del tiempo


Por: Dr. Luis Tamayo Pérez
Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos (CIDHEM)
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“¿Qué cosa es el tiempo? Si nadie me lo pregunta yo lo sé para entenderlo, pero si quiero explicarlo a quién me pregunta, confieso que no puedo”. San Agustín.

En la filosofía existen maneras diversas para concebir lo que el tiempo es. La más común, la aristotélico-newtoniana, lo concibe como una flecha independiente de nosotros, medible con el reloj y fechable con el calendario. Tal concepción, sin embargo, no es plenamente válida. Deja sin explicar la naturaleza de la “eternidad” o de esas situaciones en las cuales el tiempo anda “lento” (ante una situación aburrida) o “rápido” (cuando la felicidad nos colma). Tomando en cuenta esas anomalías M. Heidegger propone, en 1927, otra manera de concebir la temporalidad. Para Heidegger el tiempo no es ajeno a nosotros. Portamos nuestro pasado en el presente, y el futuro, en tanto metas, también se encuentra en el presente encaminando nuestros pasos. Esta temporalidad “colapsada en el presente” se muestra de manera plena en la experiencia psicoanalítica. Ilustrémoslo con un caso.

En el apartado titulado “La proton pseudos histérica” incluido en El proyecto de psicología para neurólogos, Freud narra el caso de una mujer —Emma— que sufría de un síntoma fóbico: no podía ir sola a las tiendas. Al asociar al respecto, Emma refiere la primera ocasión en la cual se le presentó la fobia: teniendo apenas doce años fue a una tienda y vio reír a los empleados, uno de los cuales le había gustado, pensando que se burlaban de su vestido. A partir de ahí se generó su fobia. Freud se dio cuenta de que este evento no explicaba la fobia. Continuó indagando y encontró una escena previa, de los ocho años, en la cual Emma narraba haber ido a otro establecimiento a comprar golosinas y donde el pastelero le pellizcó los genitales a través del vestido, riendo estentoreamente al hacerlo. A pesar de ese ataque Emma refirió a Freud que volvió al día siguiente y “se reprochaba haber ido por segunda vez, como si de ese modo hubiera querido provocar el atentado”.

No tardó Freud en encontrar el enlace entre las dos escenas: por una lado, la risa de empleados y pastelero, por el otro, el deseo; en un caso un empleado le gustó, en el otro, parece que no le desagradó el pellizco del pastelero, por lo cual volvió al día siguiente.
A partir de este caso Freud elabora su concepción de la Nachträglichkeit —una temporalidad donde lo posterior hace inconsciente a lo anterior—, concepción que implica la superación de la teoría traumática, la cual planteaba que los síntomas no eran sino los efectos de un trauma previo. La temporalidad de la Nachträglichkeit le genera una pregunta a Freud: ¿cómo es posible que el recuerdo de una vivencia pueda ser más traumático que la vivencia misma? Freud dejará esta pregunta sin respuesta y postulará, durante años, tan sólo el hecho constatable: “la histérica padece de reminiscencias”.
Ahora bien, la inclusión de la transferencia permite responder esa pregunta. En el análisis de Emma, Freud era el soporte de su transferencia, despertando su deseo e incluso actuándolo. No olvidemos que, según algunos biógrafos , Freud, gracias al apoyo de su entonces bienamado W. Fliess, “pellizcó los senos” nasales de Emma en la fallida intervención quirúrgica que pretendía, mediante la cauterización de una zona de los senos nasales de Emma, ¡curarle la histeria! Esto fue posible debido a la conjunción de las teorías de Freud y Fliess. Mientras Fliess —que era otorrinolaringólogo— consideraba que la sexualidad se encontraba situada en los senos nasales, Freud postulaba que la histeria era por causas sexuales, entonces ¿por qué no curarla mediante una operación en dichos senos nasales? Dicha operación se efectuó en marzo de 1895. Fliess, quien no era un cirujano particularmente dotado, dejó medio metro de gasa en el área intervenida, la cual no tardó en pudrirse y ocasionar una supuración que hizo necesaria una segunda intervención —ya no realizada por Fliess sino por Gersuni—, todo ello ante una Emma grave pero fascinada por tantas atenciones.

Freud no pudo escapar a la actuación de la transferencia a la cual lo condujo no sólo su particular relación con Fliess sino también su “muy agradable y decente” paciente. Ahora bien, independientemente de la actuación freudiana, lo que quiero señalar es que sólo hasta el tercer momento, en la terapia con Freud, existió el “inconsciente” como tal, pues ya había alguien que podía leerlo así. Luego de la primera escena, con el pastelero, no ocurrió sino la emergencia del deseo, luego de la segunda, en la tienda, se reprimió la primera y se generó la fobia. En la tercera, con Freud, se leyó el inconsciente presente en la fobia y, gracias a ello, reingresó, en la transferencia, lo olvidado.

El deseo, vehiculizado por el síntoma, circula en las tres escenas, es lo que las hace presentes, patentes, es lo que se repite y transfiere. La pregunta: ¿por qué un recuerdo puede ser más traumático que la vivencia misma? encuentra su sentido. El recuerdo atestigua la presencia de la vivencia, forma parte de un pasado que se encuentra en el presente, se halla presente, se repite en el síntoma y, después, en la transferencia.
Es la repetición la que hace existir a los eventos. Un evento único (hápax) carece de nombre, no es re-conocible. El deseo inconsciente, no sólo está en el pasado sino en el presente y, además, compromete el devenir, es decir, está inserto en una temporalidad acorde a la planteada por Martin Heidegger en El ser y el tiempo.

Quizás si Freud hubiese conocido la obra de Heidegger se hubiese dado cuenta de que la dificultad para teorizar la temporalidad del inconsciente se debía a que el modelo con el cual lo leía no era el adecuado. Si bien el inconsciente es “atemporal” para la flecha del tiempo aristotélico-newtoniana, no lo es para la temporalidad de Heidegger.

La experiencia analítica no es ajena a esta temporalidad colapsada, donde el pasado se reitera en el presente y donde el futuro, en tanto fines, también se ubica en el presente, orientándolo. Es más, si no fuera así, si el pasado y el futuro no fuesen manejables en el presente, si el pasado estuviese “atrás” y fuese intocable ¿cómo podría tener algún efecto terapéutico el acto analítico? Es gracias a que el pasado y el futuro están en el presente que se puede reescribir la propia historia y posibilitar los efectos subjetivantes del análisis.
En el psicoanálisis, al “reescribirse la historia”, el pasado cambia y el futuro también. El psicoanálisis es como una máquina del tiempo que nos permite reconsiderar la historia y modificar el futuro. Ya existe una máquina del tiempo posible para el hombre. El psicoanálisis nos trepa en ella.


1Dr. en Filosofía. Miembro de l’école lacanienne de psychanalyse y de la Heidegger Gesellschaft. Director académico del Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos.

2Freud, S. Obras Completas, Amorrortu, 1976:I,401.

3Cfr. Masson, G., en Freud, S.; Fliess, W., Complete letters, Harvard University Press, 1985; Grinstein, A., Los sueños de Sigmund Freud, 1981:23ss.